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lunes, 30 de enero de 2017

Pueblo autosuficiente, genera su propia energía, cultiva sus alimentos y recicla 100% de su basura


Un pueblo capaz de producir alimentos, generar energía y gestionar el suministro de agua comenzó a construirse en la localidad holandesa de Almere, ubicada a 25 minutos de Amsterdam. Diseñado por el estudio de arquitectura danés Effekt, el programa piloto de ReGen Villages contempla una primera entrega de 25 viviendas para 2017, que luego se extenderán a 100.

ReGen Village tiene un enfoque holístico y combina una variedad de tecnologías innovadoras como hogares de energía renovable, almacenamiento de energía, producción de alimentos orgánicos, agricultura vertical y gestión del agua. Se trata de viviendas que hacen de invernadero y son capaces de producir alimentos y energía.

Las viviendas, rodeadas de paneles solares, serán transparentes, acristaladas y con huertas verticales, todo diseñado en perfecta armonía con el entorno. Además, habrá torres de almacenaje de agua, granjas de animales, áreas para la recreación y un estacionamiento para vehículos eléctricos.


Para su construcción se utilizarán materiales provenientes de bosques sostenibles cuya tala está controlada. También se incorporará un circuito cerrado que permitirá que los desechos orgánicos de sus habitantes se conviertan en biogás y en alimento para los animales.
 
Estas ecoaldeas tienen como objetivo aprovechar al máximo la tecnología actual para generar un barrio sostenible y autosuficiente “Podemos producir más alimentos orgánicos, agua y energía más limpias, y mitigar más residuos que en caso de que utilicemos la tierra para cultivar alimentos orgánicos”, explica Sinus Lynge, co-fundador de EFFEKT, y anticipa: “En 2050 se prevé que la población aumente hasta los 10.000 millones de habitantes, lo que requiere la urgente necesidad de regenerar la vivienda y buscar soluciones. El agua pasará a ser un bien cada vez más valorado y junto a ella las escasas tierras cultivables. Con estas edificaciones además de sustentabilidad se consigue reunir todo lo necesario en una sola vivienda, reduciendo las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera, la deforestación y el derroche de agua y alimentos”.

lunes, 31 de octubre de 2016

De pueblo fantasma a ecoaldea


Este encantador pueblecito abandonado en los años 50 – 60 se ha convertido en una aldea casi utópica. Todas las casas estaban en ruinas y poco a poco gracias al esfuerzo de 20 valientes han reconstruido el pueblo. La ecología es uno de sus principales valores, en esta ecoaldea se cultivan sus frutas y verduras, crían sus pollos y cerdos de forma orgánica, sus casas están diseñadas de forma bioclimática. En general buscan vivir en armonía con la naturaleza pero sin dejar de lado la tecnología, ya que la aldea es 100% energéticamente autosuficiente, tienen placas solares, molinos de viento y una turbina.



 FUENTE: www.ecoportal.net

viernes, 21 de octubre de 2016

La aldea etíope de la igualdad

Dani Morales / LV

La anciana tiene la mirada serena. Viste una túnica blanca con arreglos lilas en la cabeza y observa la vida desde un rincón de una habitación de adobe limpia y ordenada. En la pared un bastón aguarda al paseo matinal. Sonríe tímida cuando nota la presencia de extraños y saluda con la misma paz con la que unos segundos atrás miraba al horizonte. Ella es una de las siete ancianas de una anomalía genial: una residencia de la tercera edad gratuita en una aldea rural del norte de Etiopía. En una región pobre, donde las dificultades económicas lastran la calidad de vida de los ancianos, aquí las mujeres octogenarias reciben cuidados, comida y ropa limpia de los vecinos, que las cuidan como un tesoro. No es la única rareza genial del lugar: Awra Amba, una aldea fundada hace 45 años en tierra amhara, cerca de Bahar Dar, es un proyecto de convivencia basado en el trabajo comunitario, la democracia asamblearia, la ausencia de religión y la igualdad entre sexos. Y funciona: los 494 habitantes de Awra Amba, que se distribuyen las ganancias del trabajo en común, reciben a cambio alojamiento, educación, salud e incluso han creado un sistema propio de seguridad social para cubrir necesidades específicas de sus miembros. La aldea se ha convertido en un ejemplo ético aplaudido y estudiado por oenegés y el Banco Mundial, además de despertar la curiosidad de turistas y locales: desde el año 2002, 62.000 etíopes y más de 13.000 extranjeros se han acercado a la aldea para conocer más sobre la utopía etíope de Awra Amba.

El origen de la idea está en un granjero idealista. Cansado de los estrictos códigos sociales de la Etiopía rural, donde la religión dirige los destinos de los hombres, un joven campesino llamado Zumra decidió crear una sociedad con sus propias normas. No fue una ruptura fácil: su mujer le abandonó, su familia lo consideró un enfermo mental y fue encarcelado durante meses. El joven Zumra perseveró, encontró a un pequeño grupo de personas que pensaba como él y consiguió un pequeña tierra donde fundar Awra Amba en 1972. Zumra, que vive en la aldea en una casa como las de los demás vecinos, explica qué le empujó a romper los moldes de la sociedad etíope.

“Quería vivir en un lugar donde las mujeres y los hombres vivieran como iguales y donde todos los niños pudieran ir a la escuela. No quería que la religión y la tradición dictaran cada aspecto de nuestras vidas. Por eso decidí crear un lugar en el que todos fueran respetados por igual y se trabajara colectivamente para tener una posibilidad de salir de la pobreza”. Un discurso tan revolucionario no tuvo buena acogida en una tierra tan tradicional. Los primeros años, los pueblos vecinos los vieron como una amenaza, los atacaron y tuvieron que abandonar sus casas en más de una ocasión.

Asnaaka, estudiante de turismo veinteañero, anuncia que los tiempos han mejorado. “Las tensiones con los vecinos no sólo se han reducido, ahora cooperamos con ellos y muchos vienen a tratarse a nuestro centro médico o colaboramos en el trabajo”. Tras crecer en Awra Amba e ir a estudiar a la universidad en la ciudad, Asnaaka ha decidido regresar a su aldea para hacerla crecer. Le gusta la humildad y la paz del lugar. Él es uno de los encargados de recibir a los visitantes y explicarles los valores y normas de la comunidad. Pasea a los curiosos por un pequeño museo con los valores de la aldea escritos en la pared –“La mayor angustia en la vida es no poder ayudar a alguien que lo necesita”–, por la guardería o la biblioteca públicas, por un pequeño hostal para visitantes (4 euros la noche) o incluso por el ­taller: como las tierras donde les dejaron establecerse no son excesivamente fértiles, varios miembros de la comunidad aprendieron a tejer. Fue también una cuestión de orgullo. “Hace años –recuerda Asnaaka– decidimos que no íbamos a recibir más ayuda de las oenegés. Una organización humanitaria nos daba comida, pero eso nos hacía dependientes, así que pedimos que no nos dieran nada más. Gracias a eso, nos pusimos a trabajar en el taller y ahora la venta de mantas, bufandas o demás es una de las principales fuentes de ingresos de la aldea”.

Según sus cálculos, el salario mínimo en Awra Amba –todos cobran igual, pero más allá de las 8 horas de trabajo comunitario cada uno puede trabajar más si quiere y ese excedente no se reparte– es el doble que en el resto de la región.

Al pasear por los caminos de tierra y entre las chozas de madera y paja, varios niños salen al encuentro de Asnaaka. Le saludan por su nombre y él los coge en brazos y reparte carantoñas. También hay hombres y mujeres trabajando hombro con hombro. “En Awra Amba no hay trabajos de mujeres o de hombres. Si te gustan los niños, los cuidas; si eres bueno en el campo, lo trabajas, y si te gusta la gente extranjera, les explicas cómo vivimos y les das la bienvenida”.

FUENTE: Xavier Aldecoa / La Vanguardia