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martes, 14 de marzo de 2017

La España despoblada

Por Yolanda Marin

En la plaza de Torrejoncillo del Rey (Cuenca), a plena tarde, solo se escucha el agua que cae al pilón. No hay decenas de niños jugando como hace décadas, ni comprando helados a ‘La Benita’. Únicamente se siente el chorro de agua… y más débil que de costumbre. Se le ha quitado fuerza para que las heladas no dañen las tuberías y se lleven otro pellizco de un presupuesto municipal que se esfuma en un 70% en mantener un pueblo de 200 km2 prácticamente vacío. En esta misma plaza, de las 19 viviendas que la rodean, solo dos están habitadas.

El silencio reina aquí, como en el 49% de los pueblos españoles que, con menos de 500 habitantes, están en peligro de extinción (un total de 3.938). Y de ellos, el 32% tiene menos de 100 habitantes, cuando en el año 2000 estos representaban el 24%. Así lo alerta el último estudio de la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP).

El pulso entre el modo de vida rural y urbana ya parece perdido para los habitantes de Torrejoncillo del Rey, un pueblo eminentemente agrícola de la Alcarria conquense. De los 2.000 habitantes que vivían aquí en los años 40, hoy apenas quedan 200, mismas personas que alberga la suma de sus cinco pedanías (412 en total en una extensión de 201 km2). Este año ha cerrado su escuela. Solo quedan 4 niños. Y la curva de habitantes, como en otros pueblos en peligro de extinción, sigue en caída libre: en 2016 restó un 24% de sus vecinos al padrón a consecuencia de los fallecimientos y la huída por la falta de oportunidades laborales.


Los torrejoncilleros que presenciaron la época de bonanza asumen que terminarán sus días con el gentío almacenado en su nostalgia. Así lo expresa Manuel Solares, de 80 años. “Se han ido todos: unos a Barcelona, otros a Madrid, a Castellón… En fin, así han pasado los años. Y yo que estoy en vísperas, para irme también (bromea). Esto se cerrará. Durará el tiempo que yo dure. Aquí no nacen niños, que son los que traen la vida. No hay nacimientos y tampoco hay esperanza”.


Los niños que viven en el pueblo dan por hecho que su futuro aquí. Así piensa Jorge, de 11 años: “Cuando sea mayor me iré a la ciudad. ¡Aquí no hay muchas personas para enamorarse!“.

Esta tendencia se repite en el padrón de la mayoría de municipios que forman el arco de la España casi inerte, el de la llamada Laponia Española. Castilla León, Castilla La Mancha y Aragón arrojan las provincias más azotadas por este desequilibrio demográfico. En el caso de Soria, Teruel, Zamora, Ávila o Burgos más del 90% de todos sus municipios tienen menos de 1.000 habitantes (ver gráfico abajo).

Patricia Portilla, madre de Jorge, es hostelera. Junto a su marido regenta el restaurante El Chalet, “el único en el pueblo que está al pie del cañón los 365 del año”. “Yo a mi hijo no le veo aquí dentro de 20 años. ¿Viviendo? No”, subraya Patricia.


A pesar de asumir que el futuro de sus dos hijos -tiene otro de 15 años- no está en el pueblo por la falta de oportunidades laborales, esta hostelera intenta aportar su granito de arena a la vida de un pueblo demográficamente enfermo. Lo hace a través de diversas actividades culturales. Es promotora del grupo de teatro La Tarasca y desde hace dos años también promueve la recuperación de antiguas tradiciones con la Asociación Alonso Ojeda. “Aunque llevamos poco tiempo ya somos casi 80 socios”. Este logro se ve reflejado los fines de semana, cuando Torrejoncillo recibe visitas de personas que viven en la ciudad y de alguna manera siguen vinculadas a su pueblo.


“No hay cosa más gratificante que escuchar a los niños jugar en el colegio.Por desgracia ya no tenemos ni colegio. En mi época éramos 400 niños en edad escolar. Ahora quedan 3. ¿Como reactivas que haya una población alta? ¿Qué puedes ofrecer? Nada. ¿Qué quieres que sienta más que impotencia?, explica su alcalde Angel Custodio García (PP).

Javier García, agricultor y dueño de una carnicería que regenta junto con su mujer Monserrat comenta cómo los negocios han ido mermando a medida que el silecio se ha ido apoderando del pueblo: “Hubo hasta cuatro carnicerías. Esta era de mi abuelo, después de mis padres. Ahora he quedado yo solo. Hasta que esto finiquite del todo. Antes teníamos nuestro propio matadero pero ahora pero se queda mucho dinero en el camino. Vamos subsistiendo porque viene gente los fines de semana. Los oficios en los pueblos van a menos”.



El estudio de la FEMP advierte que la sangría poblacional se ha concentrado en los municipios fuera de las grandes urbes con respecto a 2015. Así, justifica el estudio, España perdió 67.374 habitantes en 2016, en contraste con las capitales de provincia, que sumaron más de 14.000.

De las 36 provincipas españolas que perdieron población en el último año, Zamora ocupa el primer lugar con 1,5% de habitantes menos. Cuenca, igualada con Ávila ha sido la segunda que más ha restado. Un 1,24% puntos porcentuales menos (-2.556 habitantes menos).

“El problema siempre resucita y nadie tienes soluciones. Las necesidades que tiene este Ayuntamiento vienen a ser las mismas que las de un municipio poblado. Y las nuestras son mayores que hace 20 años.Con mantener este pueblo vivo y encendidas las farolas tenemos bastante“, indica el alcalde de Torrejoncillo del Rey.


García, que como los concejales no recibe ningún sueldo, recuerda cuando comenzó el éxodo de población. “En los años 70 y 80 la gente decía ‘hoy se han ido ocho familias. Hoy otras diez’. Eso, a diario. Familias enteras. Desde ahí todo ha ido bajando lentamente. Hasta llegar a ahora. Es una situación es irreversible“. Y tiene claro que en 20 años habrá ido a peor.

Torrejoncillo está dentro de lo que llaman la Serranía Celtibérica que junto a Laponia son los dos únicos territorios de la Unión Europea que registran densidades inferiores a 8 habitantes por km2. La densidad de Torrejoncillo es de 1,9 vecinos por km2 y está rodeado de pueblos de los que ya solo quedan ruinas.

“Cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar. Aquí no tenemos recursos para hacer nada”, concluye el alcalde. 

jueves, 23 de febrero de 2017

Ecoaldea holandesa

 

La ecoaldea de reGen, a las afueras de Amsterdam, cultivará su propia comida, generará su propia energía y reciclará su propia basura. Será una comunidad 100% autosuficiente.


Quien tenga la suerte de vivir en una de las casas de este nuevo barrio en construcción, en un suburbio de Amsterdam, tendrá su comedor junto a un huerto urbano interior. En el exterior, tendrá otro jardín estacional. Y por la calle, casi todo lo que comas se cultivará en granjas verticales de alta tecnología.


El barrio será un nuevo tipo de comunidad diseñada para ser completamente autosuficiente, cultivar sus propios alimentos, generar su propia energía y reciclar sus residuos en un circuito cerrado.


Utilizarán los métodos más avanzados para cultivar alimentos, una combinación de aeroponía, acuaponia, permacultura, bosques de alimentos y agricultura ecológica de alto rendimiento — el barrio generará más alimentos que una granja tradicional del mismo tamaño, con menos recursos. La acuaponia, por ejemplo, puede producir 10 veces más alimentos en la misma cantidad de terreno, con un 90% menos de agua.


La comunidad también produce su propia energía, usando una mezcla de energías geotérmica, solar, solar térmica, eólica y biomasa.

Una red inteligente distribuirá la energía eficientemente, usando los coches eléctricos como sistema de almacenamiento de energía para los picos de demanda.


Una planta de biogás convertirá cualquier residuo no compostable en energía y agua.

Un sistema de almacenamiento de agua recogerá el agua de lluvia y las aguas grises para redistribuir a jardines estacionales y al sistema acuapónico.

Esta es la primera de una red de comunidades similares que ReGen planea construir alrededor del mundo.

La comunidad será inaugurada en 2017.

Todas las imágenes y más información: Effekt.

FUENTE: ECOINVENTOS

sábado, 11 de febrero de 2017

La España rural que se desangra

Miguel Riopa /AFP

Uno de los más grandes y menos comentados problemas de España es la despoblación progresiva de sus zonas rurales, que contrasta con la densidad de habitantes registrada en sus grandes ciudades, que empieza a ser demasiado elevada. Algunos de los pueblos del interior de la península ibérica tienen las densidades de población más bajas de toda Europa.

Hay que tener en cuenta que los pueblos no quedan abandonados por capricho, sino por buenas razones: algunas poblaciones carecen de servicios médicos en muchos kilómetros y han tenido que cerrar las escuelas ante la falta de niños. Cuando las condiciones de vida se hacen demasiado duras y las incomodidades y frustraciones superan a los motivos para quedarse, la gente sencillamente se marcha. Y atrás queda el pueblo, vacío, inerte, con sus casas vacías y sus fincas deteriorándose.

Casa en ruinas cerca de Cortegada (Galicia, España)Miguel RiopaAFP

Por eso muchas instituciones locales han desarrollado planes para incentivar la re-población de estas localidades abandonadas o en riesgo de despoblación, es decir, para ofrecer a la gente buenas razones para quedarse en ellas. Las estrategias adoptadas han llegado a ser verdaderamente originales y llamativas. El problema es ya antiguo, y una de las medidas pioneras, hace casi diez años, fue tan radical como sencilla: el municipio más viejo del Principado de Asturias, Ponga, ofrecía 6.000 euros a cada pareja que se trasladara a vivir allí y tuviera un hijo. Con esta medida, buscaban rejuvenecer un pueblo que contaba tan sólo con 851 habitantes, entre los cuales no había ni 50 menores de edad.

¿Casas a un euro?


El último informe del Instituto Nacional de Estadística (INE) de España revela que en nuestro país hay más de 2.900 municipios abandonados, sobre todo en Galicia y Asturias, al norte del país. La venta simbólica de casas al increible precio de un euro comenzó a tomar fuerza a mediados del pasado año 2016.

Pero, claro, hay condiciones: quienes adquieran las casas se comprometen a remodelarlas y a acondicionarlas adecuadamente (ya que muchas se encuentran en el mismo estado en que fueron abandonadas y son prácticamente inhabitables) y a vivir en el pueblo al menos un determinado período de tiempo, que varía según cada caso. La razón de ser de ese compromiso radica en evitar la especulación inmobiliaria, y en conseguir, al fin y al cabo, el objetivo primordial, que es repoblar el municipio. 

Pueblos enteros al precio de un piso

Pero no son sólo casas. Algunas aldeas enteras situadas por ejemplo en la zona de Cortegada (Galicia, al extremo noroeste de España) literalmente se regalan. Hay allí un terreno abandonado de 15.000 metros cuadrados con 12 viviendas de piedra, puentes y fuentes, en un lugar de gran belleza natural, que puede adquirirse de forma casi gratuita, a cambio del compromiso a sanearlo gradualmente. Y desde 850.000 euros negociables se pueden comprar aldeas enteras en plenos Picos de Europa (Asturias) o poblaciones enteras en el campo desde 59.000 euros. (Hay incluso servicios inmobiliarios dedicados a la venta de aldeas completas, como Aldeasabandonadas.com.).

De los 3.500 pueblos y aldeas abandonados que contabiliza el INE, se calcula que unos 1.500 están en venta, aunque el 70% necesitan importantes y profundas reformas, de acuerdo con un artículo publicado en el diario 'El País' en 2015, que también comentaba los precios disponibles: "Los hay por 62.000 euros en la zona de Pontenova (Lugo), con seis edificaciones, manantial de agua y finca de 13.000 metros. Precisa obras, aunque la casa principal de 140 metros es de fácil restauración. Por 380.000 euros se vende La Alameda, un pueblo deshabitado en la provincia de Segovia. Las parcelas y ruinas que están a la venta conforman el 60% del pueblo y suman 1.800 metros de terreno".

Casa abandonada cerca de Pontenova (Galicia, España) Miguel Riopa/AFP

Otras poblaciones han puesto en marcha alternativas innovadoras para reactivar la economía local. Es el caso de Miranda de Ebro, también al norte de España, que ha impulsado un plan de apoyo empresarial ofreciendo suelo gratuito para compañías que radiquen su actividad allí.

Una situación frecuente en Europa

En Francia, concretamente en un municipio fronterizo con Bélgica llamado Roubaix, hay 4.000 viviendas abandonadas. El consistorio local las compró y las ha puesto a la venta. ¿El precio? Pues un euro.

En Italia, la aldea Carrega Ligure, en la atractiva región norteña del Piemonte, tiene 85 habitantes; Salemi, un pueblo de la provincia de Trapani, Sicilia) tiene muchos más, 11.000; Gangi, en la provincia de Palermo, también en Sicilia, cuenta con 7.000 habitantes. Distintas poblaciones pero una iniciativa en común: también pusieron en práctica hace dos años la idea de vender casas a un euro. El caso de Gangi es el más singular: es un pueblo situado a una altura de 1.010 metros sobre el nivel del mar, entre Palermo y Siracusa, y lo que ofrece casas medievales a todos los que se atrevan a mudarse allí para repoblar la zona. En este caso, sin embargo, la oferta requería pagar a las autoridades locales unos 5.000 euros en concepto de garantía para cumplir con la renovación de la estructura y la fachada de la vivienda.

David Romero

FUENTE: actualidad.RT.com

lunes, 30 de enero de 2017

Pueblo autosuficiente, genera su propia energía, cultiva sus alimentos y recicla 100% de su basura


Un pueblo capaz de producir alimentos, generar energía y gestionar el suministro de agua comenzó a construirse en la localidad holandesa de Almere, ubicada a 25 minutos de Amsterdam. Diseñado por el estudio de arquitectura danés Effekt, el programa piloto de ReGen Villages contempla una primera entrega de 25 viviendas para 2017, que luego se extenderán a 100.

ReGen Village tiene un enfoque holístico y combina una variedad de tecnologías innovadoras como hogares de energía renovable, almacenamiento de energía, producción de alimentos orgánicos, agricultura vertical y gestión del agua. Se trata de viviendas que hacen de invernadero y son capaces de producir alimentos y energía.

Las viviendas, rodeadas de paneles solares, serán transparentes, acristaladas y con huertas verticales, todo diseñado en perfecta armonía con el entorno. Además, habrá torres de almacenaje de agua, granjas de animales, áreas para la recreación y un estacionamiento para vehículos eléctricos.


Para su construcción se utilizarán materiales provenientes de bosques sostenibles cuya tala está controlada. También se incorporará un circuito cerrado que permitirá que los desechos orgánicos de sus habitantes se conviertan en biogás y en alimento para los animales.
 
Estas ecoaldeas tienen como objetivo aprovechar al máximo la tecnología actual para generar un barrio sostenible y autosuficiente “Podemos producir más alimentos orgánicos, agua y energía más limpias, y mitigar más residuos que en caso de que utilicemos la tierra para cultivar alimentos orgánicos”, explica Sinus Lynge, co-fundador de EFFEKT, y anticipa: “En 2050 se prevé que la población aumente hasta los 10.000 millones de habitantes, lo que requiere la urgente necesidad de regenerar la vivienda y buscar soluciones. El agua pasará a ser un bien cada vez más valorado y junto a ella las escasas tierras cultivables. Con estas edificaciones además de sustentabilidad se consigue reunir todo lo necesario en una sola vivienda, reduciendo las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera, la deforestación y el derroche de agua y alimentos”.

lunes, 31 de octubre de 2016

De pueblo fantasma a ecoaldea


Este encantador pueblecito abandonado en los años 50 – 60 se ha convertido en una aldea casi utópica. Todas las casas estaban en ruinas y poco a poco gracias al esfuerzo de 20 valientes han reconstruido el pueblo. La ecología es uno de sus principales valores, en esta ecoaldea se cultivan sus frutas y verduras, crían sus pollos y cerdos de forma orgánica, sus casas están diseñadas de forma bioclimática. En general buscan vivir en armonía con la naturaleza pero sin dejar de lado la tecnología, ya que la aldea es 100% energéticamente autosuficiente, tienen placas solares, molinos de viento y una turbina.



 FUENTE: www.ecoportal.net

viernes, 21 de octubre de 2016

La aldea etíope de la igualdad

Dani Morales / LV

La anciana tiene la mirada serena. Viste una túnica blanca con arreglos lilas en la cabeza y observa la vida desde un rincón de una habitación de adobe limpia y ordenada. En la pared un bastón aguarda al paseo matinal. Sonríe tímida cuando nota la presencia de extraños y saluda con la misma paz con la que unos segundos atrás miraba al horizonte. Ella es una de las siete ancianas de una anomalía genial: una residencia de la tercera edad gratuita en una aldea rural del norte de Etiopía. En una región pobre, donde las dificultades económicas lastran la calidad de vida de los ancianos, aquí las mujeres octogenarias reciben cuidados, comida y ropa limpia de los vecinos, que las cuidan como un tesoro. No es la única rareza genial del lugar: Awra Amba, una aldea fundada hace 45 años en tierra amhara, cerca de Bahar Dar, es un proyecto de convivencia basado en el trabajo comunitario, la democracia asamblearia, la ausencia de religión y la igualdad entre sexos. Y funciona: los 494 habitantes de Awra Amba, que se distribuyen las ganancias del trabajo en común, reciben a cambio alojamiento, educación, salud e incluso han creado un sistema propio de seguridad social para cubrir necesidades específicas de sus miembros. La aldea se ha convertido en un ejemplo ético aplaudido y estudiado por oenegés y el Banco Mundial, además de despertar la curiosidad de turistas y locales: desde el año 2002, 62.000 etíopes y más de 13.000 extranjeros se han acercado a la aldea para conocer más sobre la utopía etíope de Awra Amba.

El origen de la idea está en un granjero idealista. Cansado de los estrictos códigos sociales de la Etiopía rural, donde la religión dirige los destinos de los hombres, un joven campesino llamado Zumra decidió crear una sociedad con sus propias normas. No fue una ruptura fácil: su mujer le abandonó, su familia lo consideró un enfermo mental y fue encarcelado durante meses. El joven Zumra perseveró, encontró a un pequeño grupo de personas que pensaba como él y consiguió un pequeña tierra donde fundar Awra Amba en 1972. Zumra, que vive en la aldea en una casa como las de los demás vecinos, explica qué le empujó a romper los moldes de la sociedad etíope.

“Quería vivir en un lugar donde las mujeres y los hombres vivieran como iguales y donde todos los niños pudieran ir a la escuela. No quería que la religión y la tradición dictaran cada aspecto de nuestras vidas. Por eso decidí crear un lugar en el que todos fueran respetados por igual y se trabajara colectivamente para tener una posibilidad de salir de la pobreza”. Un discurso tan revolucionario no tuvo buena acogida en una tierra tan tradicional. Los primeros años, los pueblos vecinos los vieron como una amenaza, los atacaron y tuvieron que abandonar sus casas en más de una ocasión.

Asnaaka, estudiante de turismo veinteañero, anuncia que los tiempos han mejorado. “Las tensiones con los vecinos no sólo se han reducido, ahora cooperamos con ellos y muchos vienen a tratarse a nuestro centro médico o colaboramos en el trabajo”. Tras crecer en Awra Amba e ir a estudiar a la universidad en la ciudad, Asnaaka ha decidido regresar a su aldea para hacerla crecer. Le gusta la humildad y la paz del lugar. Él es uno de los encargados de recibir a los visitantes y explicarles los valores y normas de la comunidad. Pasea a los curiosos por un pequeño museo con los valores de la aldea escritos en la pared –“La mayor angustia en la vida es no poder ayudar a alguien que lo necesita”–, por la guardería o la biblioteca públicas, por un pequeño hostal para visitantes (4 euros la noche) o incluso por el ­taller: como las tierras donde les dejaron establecerse no son excesivamente fértiles, varios miembros de la comunidad aprendieron a tejer. Fue también una cuestión de orgullo. “Hace años –recuerda Asnaaka– decidimos que no íbamos a recibir más ayuda de las oenegés. Una organización humanitaria nos daba comida, pero eso nos hacía dependientes, así que pedimos que no nos dieran nada más. Gracias a eso, nos pusimos a trabajar en el taller y ahora la venta de mantas, bufandas o demás es una de las principales fuentes de ingresos de la aldea”.

Según sus cálculos, el salario mínimo en Awra Amba –todos cobran igual, pero más allá de las 8 horas de trabajo comunitario cada uno puede trabajar más si quiere y ese excedente no se reparte– es el doble que en el resto de la región.

Al pasear por los caminos de tierra y entre las chozas de madera y paja, varios niños salen al encuentro de Asnaaka. Le saludan por su nombre y él los coge en brazos y reparte carantoñas. También hay hombres y mujeres trabajando hombro con hombro. “En Awra Amba no hay trabajos de mujeres o de hombres. Si te gustan los niños, los cuidas; si eres bueno en el campo, lo trabajas, y si te gusta la gente extranjera, les explicas cómo vivimos y les das la bienvenida”.

FUENTE: Xavier Aldecoa / La Vanguardia