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jueves, 13 de agosto de 2020

¿Será posible un cambio de mentalidad tras la COVID-19?


La ecuación de Commoner, Ehrlich y Holdren (1972) planteaba que el impacto ambiental es el producto de la población, el consumo y la tecnología. Pero ahora vemos el papel de otra variable: el comportamiento, la psicogénesis.

Jordi López Ortega

Artículo originalmente publicado en The Conversation

La COVID-19 ha supuesto mejoras en materia de emisiones, biodiversidad y protección de océanos. Esto es, los Objetivos de Desarrollo Sostenible 13, 14 y 15.

También se ha trabajado en otros objetivos de forma parcial. Se han creado, por ejemplo, alianzas multilaterales y formas de colaboración multinivel que suponen avances en el ODS 17. Pero falta liderazgo europeo, pues no se han dejado atrás las dinámicas geopolíticas.

Se ha mejorado la sostenibilidad urbana, el ODS 11. Ha mejorado la calidad del aire urbano y se han vuelto a ver estrellas de noche –debido a la ausencia de coches en autovías iluminadas, por ejemplo–, aunque todavía queda mucho por hacer para reducir las emisiones y la contaminación lumínica.

Además, hemos visto la expansión del uso de las tecnologías de comunicación online mientras caen las barreras e inercias culturales y sociales que limitaban su uso. Son un paso en la buena dirección para lograr el ODS 9.

Una pausa para recapacitar

Pero quizá el aspecto más positivo de la COVID-19 no sea perceptible. Es algo que no se puede cuantificar, ni se puede inscribir a un ODS.

Para no desestabilizarse, la sociedad y la economía necesitan crecer, acelerarse. Están condenadas a una incesante innovación. La desaceleración que estamos viviendo desestabiliza ese statu quo, pero permite tener experiencias vitales que nos abren a preguntas sobre a dónde queremos ir o en qué sociedad queremos vivir.

La dicotomía entre aceleración y desaceleración no debe confundirse con el debate entre crecimiento y decrecimiento. Aquí planteamos la distinción que hace Norbert Elias entre sociogénesis y psicogénesis.

Recordemos cómo la COVID-19 ha alterado nuestra vida cotidiana, hábitos, patrones de conducta, etc. La reducción del tráfico, el menor consumo de energía, el uso de tecnologías digitales, el consumo más responsable y de proximidad, la compra de productos más saludables y ecológicos, la reducción de compras superfluas y de la generación de residuos son aspectos ambientalmente positivos.

Pero aparte de estos aspectos positivos, la COVID-19 ha sido demoledora para la economía. Aunque las actividades que se han podido digitalizar de manera eficiente han evitado efectos nocivos.
¿Es posible un cambio de mentalidad?

Existen políticas climáticas basadas en internalizar costes a través de fiscalidad ecológica. La clásica ecuación de Commoner, Ehrlich y Holdren (1972) planteaba que el impacto ambiental es el producto de la población, el consumo y la tecnología. Pero ahora vemos el papel de otra variable: el comportamiento, la psicogénesis. Las infraestructuras mentales de la aceleración son muy potentes. ¿Cómo puede la COVID-19 modificar estas infraestructuras psicológicas?

No somos optimistas respecto el potencial que puede tener el análisis FODA (fortalezas, debilidades, oportunidades y amenazas). Nos señalará los puntos flacos de nuestra competencia. Es miope sentirse genial por las debilidades de nuestros vecinos; la economía del bien común advierte que una economía local débil, a largo plazo, nos debilita.

Necesitamos activar esa psicogénesis. Pasar de maximizar a optimizar. Pasar de la ventaja comparativa a pensar en ventajas absolutas, no comparativas, para poder apreciar oportunidades de generar valor agregado. Pasar de la especialización a la diversificación. Pasar de la competencia a la colaboración.

En ocasiones se trata de enfocar bien la pregunta. Nos deberíamos fijar más en las oportunidades de la conmoción antropológica que ha provocado la COVID-19. Esta nos invita, de malas maneras, a modificar nuestros hábitos, costumbres, etc., pero podemos ver en todo ello un lado positivo.

A la vez, debemos observar las disfuncionalidades encubiertas en supuestos de vieja normalidad. Más que provocarlas, la COVID-19 acentúa esas desigualdades en cuanto a oportunidades de vivir y sobrevivir. Sería un error pretender salir de la crisis provocada por esta pandemia con una nueva aceleración de la mano de la inteligencia artificial, la digitalización, etc.
La respuesta no está en la tecnología

El informe Nuestro futuro común (1987), de la Comisión Brundtlandt, ya indicaba que la tecnología podía suponer beneficios para el medioambiente, incluso antes de su desarrollo exponencial. Pero confiar en las mejoras tecnológicas infinitas (dentro de la ecuación de Commoner, Ehrlich y Holdren: Impacto humano = Población x Consumo x Tecnología) es considerar que la Ley de Moore tiene validez eterna (las mejoras suceden es espacios temporales acotados).

El propio sector de las tecnologías de la información se enfrenta a límites de materiales. En el siglo XXI surgen, por así decir, nuevos límites, después de medio siglo del informe Los límites del crecimiento del Club de Roma.

A pesar del pesimismo y mala prensa que rodean a la humanidad, debemos recuperar la confianza en nuestra infinita capacidad de aprendizaje. La COVID-19 evidencia cómo hemos llenado nuestro vacío interior de manera errónea, con aceleración y vaciando el mundo exterior. El desarrollo exponencial de las tecnologías acelera la transición a un mundo vacío en recursos y lleno de residuos.

Hemos de cambiar el modo de ver el mundo como decía Donella Meadows:

“Las personas no necesitamos coches enormes, ni armarios abarrotados de ropa, etc., tan solo sentirnos atractivas, obtener reconocimiento, amor, alegría. Pretender llenar todo esto con cosas materiales no hace más que aumentar nuestro apetito, hacerlo insaciable, con falsas soluciones”.

La COVID-19 nos pone delante de espejo para identificar esas disfuncionalidades de la que ahora consideramos vieja normalidad. No está claro que la nueva normalidad conduzca a esa transformación interior o a una nueva aceleración.

Sin embargo, hay propuestas saludables y regeneradoras en las que la salud, la ecología, la economía y la ética no está disociadas. Albert Camus dijo: “El único medio para combatir la peste es la honradez”.

Jordi López Ortega es profesor asociado de la Universitat Politècnica de Catalunya – BarcelonaTech.

FUENTE: CLIMÁTICA

martes, 5 de mayo de 2020

Un tercio de la humanidad experimentará en 50 años el calor del Sáhara si no se reducen las emisiones

Las olas de calor son uno de los principales síntomas del calentamiento global en España

Dentro de 50 años, algunas zonas del planeta en las que viven unas 3.500 millones de personas se volverán tan calientes como los lugares más tórridos del Sáhara. Es decir, prácticamente inhabitables. Frente a esta escenario, el peor que plantean las proyecciones climáticas, hay un mensaje esperanzador: el número de personas expuestas a ese calor podrían ser la mitad si se actúa desde ya para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, causantes del calentamiento global.
En este sentido, «es necesario mejorar las adaptaciones locales y prepararse para la reubicación de mil millones o más de personas», asegura a Climática el profesor Marten Scheffer, uno de los autores principales de la investigación internacional que arroja estos datos. «Todo esto puede hacerse, y la rápida respuesta global a la crisis de la COVID-19 ilustra cuán dispuesta y capaz es la humanidad de actuar si realmente se necesita, incluso si tiene costes económicos», remarca Scheffer.
El estudio, publicado este lunes en la revista científica Proceedings of the National Academy of Sciences, sostiene que el aumento medio de la temperatura experimentada por el ser humano en 2070 ascenderá a unos 7,5 °C, unas 2,3 veces el crecimiento medio de la temperatura mundial; unas discrepancias que se deben en gran medida al hecho de que la Tierra se calentará de forma mucho más rápida que los océanos, y a que el crecimiento de la población está sesgado hacia lugares ya calientes. 
Este rápido aumento de la temperatura, junto con los cambios previstos en la población mundial, implica que, si las emisiones crecen sin cesar, cerca del 30% de la población mundial vivirá dentro de 50 años en lugares con una temperatura media superior a los 29 °C. Actualmente, estas condiciones se dan en sólo el 0,8% de la superficie terrestre mundial, principalmente en las partes más calientes del desierto del Sahara. Sin embargo, para 2070 esta situación podrían extenderse al 19% de la superficie terrestre del planeta, lo que «llevaría a 3.500 millones de personas a condiciones casi inhabitables», según Jens-Christian Svenning, coautor del estudio.

La expansión de las regiones extremadamente calientes en un escenario climático de continuidad. En el clima actual, las temperaturas medias anuales >29 ºC se limitan a las pequeñas zonas oscuras de la región del Sáhara. Se prevé que en 2070 esas condiciones se den en toda la zona sombreada siguiendo el escenario RCP 8.5. Sin la migración, esa zona albergaría a 3.500 millones de personas en 2070, según el escenario de desarrollo demográfico del SSP3. Los colores de fondo representan las temperaturas medias anuales actuales. Autor: Chi Xu.

Hoy, la mayoría de las poblaciones viven en lugares donde la temperatura media anual es de unos 11-15ºC, mientras que un porcentaje inferior habita en sitios en los que la temperatura media es de unos 20-25ºC. Con esto, los investigadores encontraron que los seres humanos, a pesar de todas las innovaciones y migraciones, han vivido en su mayoría en estas condiciones climáticas durante varios miles de años.
«Nuestros cálculos muestran que cada grado de calentamiento por encima de los niveles actuales corresponde a unos mil millones de personas que caerán fuera del nicho climático. Es importante que ahora podamos expresar los beneficios de frenar las emisiones de gases de efecto invernadero en algo más humano que en términos monetarios», asegura Tim Lenton, director del Instituto de Sistemas Globales de la Universidad de Exeter y uno de los científicos que ha liderado la investigación.
Siguiendo el paralelismo con el actual coronavirus, Marten Scheffer señala que este «cambio se desarrollaría con menos rapidez, pero a diferencia de la pandemia, no habría ningún alivio que esperar: grandes zonas del planeta se calentarían hasta niveles apenas aptos para la vida humana y no volverían a enfriarse. Y avisa: «Esto no sólo tendría efectos directos devastadores, sino que dejaría a las sociedades menos capaces de hacer frente a futuras crisis, como nuevas pandemias». 
Según la investigación, los países que corren un mayor riesgo son la India, donde más de 1.200 millones de personas estarían expuestas a temperaturas extremas, y Nigeria, con 485 millones de habitantes en peligro. En cuanto a España, a pesar de que se producirá incrementos significativos de temperatura por la crisis climática, no alcanzará ese umbral de inhabitabilidad, ya que las temperaturas durante todo el año no serán tan calientes como las partes más calurosas del Sahara. No obstante, como se puede observar en el mapa de arriba, el clima en la zona sur de la península será peor para la ocupación humana de lo que es ahora.
Los autores señalan que parte de la humanidad que estará en peligro tratará de emigrar. No obstante, apuntan que muchos factores aparte del clima afectan a las decisiones de migrar, y que parte de la presión para desplazarse podría abordarse mediante la adaptación climática. «Prever la magnitud real de la migración impulsada por el clima sigue siendo un desafío», señala Scheffer. «La gente prefiere no migrar. También hay margen para la adaptación local en parte del mundo dentro de los límites, pero en el Sur Global esto requerirá impulsar el desarrollo humano rápidamente».

FUENTE: CLIMÁTICA

viernes, 3 de abril de 2020

La contaminación urbana se reduce un 55% durante el estado de alarma


No hay precedentes históricos de una caída tan drástica en los niveles de contaminación urbana como lo que se han producido entre los días 14 y 31 de marzo en las principales ciudades del Estado. El nivel de polución por dióxido de nitrógeno (NO2) ha caído un 55% durante las dos primeras semanas del estado de alarma respecto a los niveles habituales para esta época. Así lo señala el informe Efectos de la crisis de la COVID-19 sobre la calidad del aire urbano en España, hecho público este jueves por Ecologistas en Acción.

El análisis realizado por la confederación de grupos ecologistas recoge los datos oficiales de 125 estaciones de medición de NO2 repartidas por las principales 24 ciudades del país —todas con más de 200.000 habitantes— y compara la información obtenida durante estas dos semanas, en las que las medidas de confinamiento recogidas en el real decreto de estado de alarma han estado vigentes, con la de los últimos diez años. El resultado es que el nivel de NO2 es el más bajo de la última década en todas las ciudades analizadas.

De hecho, de nuevo en una situación anómala, la concentración de NO2 en el ambiente urbano está por debajo del valor límite anual recomendado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) —20 microgramos por metro cúbico (μg/m3) de concentración media anual—, cifras que se superan habitualmente en el mes de marzo y que se encuentran por debajo de los valores legales, muy superiores —40 μg/m3—.

En concreto, en las dos semanas el valor medio de NO2 ha sido de 12 μg/m3, mientras que para la media para el período 2010-19 en estas mismas fechas fue de 27 μg/m3. Si se atiende solo a las estaciones medidoras de tráfico —las ubicadas junto a importantes vías de comunicación— la reducción es más significativa: de de 35 μg/m3 de media en diez años a 16 μg/m3.

CENTRO Y PERIFERIA

El desplome del tráfico motorizado, con una reducción del 90% del tráfico interurbano y el acceso a las grandes ciudades y disminuciones del 75% y el 77% en las zonas de bajas emisiones de Madrid y Barcelona, respectivamente ha hecho, además, que la mejora de la calidad del aire no se haya producido solo en los centros urbanos, sino también en las áreas periféricas.

Dicha mejora se ha visto acentuada, además, por la climatología, ya que la inestabilidad atmosférica y las precipitaciones contribuyen sustancialmente a limpiar la polución de nuestras ciudades.

A nivel territorial, la investigación aprecia una menor reducción de la contaminación en las ciudades de la cornisa cantábrica “debida quizás a factores meteorológicos no identificados”, señalan desde Ecologistas. Bilbao, Donostia, Oviedo, Pamplona o Santander registran rebajas de los niveles de NO2 inferiores al 50%, e incluso al 40% en sus estaciones de tráfico, con días concretos en los que dichos niveles alcanzan o superan los promediados en la década anterior. Gijón es la urbe septentrional que registra una mayor reducción del NO2, del 60%.

En el polo opuesto, las ciudades del arco mediterráneo han sido las que más han reducido sus niveles de NO2, destacando Alicante y València, por encima del 70% y casi el 80%, respectivamente. Barcelona y Palma de Mallorca han reducido sus niveles de NO2 en un 64% y un 63%.

7.000 MUERTES PREMATURAS

Desde la confederación ecologista recuerdan que el NO2 provoca cada año en España alrededor de 7.000 muertes prematuras, según el Instituto de Salud Carlos III y la Agencia Europea de Medio Ambiente

“La crisis de la enfermedad covid-19 demuestra que la reducción estructural del tráfico motorizado y los cambios en las pautas de movilidad son la mejor herramienta para rebajar la contaminación del aire en las ciudades”, indican desde Ecologistas, “sin olvidar que esto se ha producido en el marco de una situación extrema, en absoluto deseable, que está originando muertes y graves problemas a muchísimas personas”.

Para la organización, la constatación de que la reducción del tráfico tiene claros efectos sobre la contaminación y la salud pública debería, una vez termine la crisis, “marcar las políticas de movilidad urbana, implantando zonas de bajas emisiones ambiciosas, recuperando el transporte público y potenciando la bicicleta y el tránsito peatonal, como medios de transporte alternativos al vehículo a motor privado”.

FUENTE: EL SALTO

lunes, 25 de noviembre de 2019

¿Qué hacer frente a la crisis climática?



12 personas nos cuentan cómo abordar, tanto individual como institucionalmente, la crisis climática. Esto piensa Beatríz Fernández, educadora ambiental.

BEATRIZ HERNÁNDEZ

Coordinadora de Programas SIG y Evaluación Ambiental en el Instituto Superior del Medio Ambiente. Educadora Ambiental (miembro de EA26).

¿Cuál sería la medida prioritaria que se debería adoptar para afrontar la crisis climática?

Desde mi punto de vista, la primera medida a considerar sería aceptar que nos encontramos ante una emergencia climática. Tal como dijo Greta Thunberg, nos estamos quedando sin tiempo y sin excusas. Es importante que se apruebe una Ley de Emergencia Climática elaborada con el consejo de profesionales formados, y que se establezcan estrategias claras y acciones inmediatas teniendo en cuenta conceptos como la economía circular, el cálculo de la huella de carbono y el análisis de ciclo de vida, instrumentos que hasta ahora se han usado más como herramientas voluntarias. Esta ley debería tener un carácter integral, incluyéndose en el currículum educativo, respondiendo así a la necesidad de que la educación ambiental se convierta en un elemento transversal en los contenidos curriculares y para lo que será necesario formar a nuestros docentes.

Como individuos, ¿qué podemos hacer que tenga cierta repercusión?

La más importante, a mi modo de ver, es el poder que tenemos como consumidores/as y como ciudadano/as. A través de nuestras decisiones de compra y presión social podemos influir mucho más de lo que pensamos en las medidas empresariales y políticas. Para ello, debemos ser personas informadas y formadas, huir de falsos mitos y escuchar a los profesionales que comunican sobre estos temas. Reflexionar sobre si es necesario utilizar el avión o se pueden encontrar alternativas, revisar nuestra dieta reduciendo la ingesta de carne así como optando por consumo local y de proximidad, y apostar por las energías renovables serían tres ejemplos claros de cómo poner nuestro granito de arena.

También puedes leer el resto de entrevistas aquí:

Anotaciones expertas (I): qué hacer frente a la crisis climática – Pablo Rodríguez Ros
Anotaciones expertas (II): qué hacer frente a la crisis climática – Cristina Linares
Anotaciones expertas (III): qué hacer frente a la crisis climática – Jorge Riechmann
Anotaciones expertas (IV): qué hacer frente a la crisis climática – Carmen Velayos-Castelo
Anotaciones expertas (V): qué hacer frente a la crisis climática – Ivanka Puigdueta
Anotaciones expertas (VI): qué hacer frente a la crisis climática – Víctor Resco de Dios
Anotaciones expertas (VII): qué hacer frente a la crisis climática – María José Sanz
Anotaciones expertas (VIII): qué hacer frente a la crisis climática – Yayo Herrero
Anotaciones expertas (IX): qué hacer frente a la crisis climática – Alejandro Moruno
Anotaciones expertas (X): qué hacer frente a la crisis climática – Marta Victoria Pérez
Anotaciones expertas (XI): qué hacer frente a la crisis climática – Sonia Calvo

FUENTE: CLIMÁTICA